Compararse con otros termina matando la alegría que uno tenía al empezar un trabajo.

Es esa alegría la que estimulaba nuestra creatividad. Sin ella perdemos nuestra autenticidad.

Creo que hay veces que uno termina comparándose porque cree que ya dio su mejor idea y en vez de recrear su mente para alimentar su creatividad empieza a torturarse por la próxima gran idea o no tiene confianza en si mismo. Lo peor que podemos hacer es perder nuestra identidad en el camino por tratar de ser alguien que no somos.

Cuan necesaria es la capacidad de escuchar a los que creen en nosotros y están dispuestos a hablar de corazón a corazón. El problema es que tardamos en darnos cuenta de que necesitábamos esa conversación porque nuestra energía estaba enfocada en nosotros mismos y en tratar de probar nuestros puntos.

Ayuda muchísimo escribir que es lo que sentimos en circunstancias así. Tal ejercicio implica que pensemos y al hacerlo ya estamos a medio camino de salir de la trampa de la comparación porque habremos detectado la raíz del problema.

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