Hasta pronto Bobby.


Acabamos de regresar de pasar unos días en Paracas, al sur de Lima. Paracas es un hermoso pueblo pesquero, tranquilo y apacible a 3 horas de la capital. La expectativa era grande desde hace algunas semanas puesto que iba toda la familia extendida. Sin embargo, con el dolor de nuestros corazones, el día lunes tuvimos que poner a dormir a nuestro amado Golden Retriever ‘Bobby’ quien el último mes empezó a decaer en su salud. Todo esto a horas de nuestro viaje.
Si bien es cierto que salir de Lima fue lo ideal para poder distraer nuestras mentes de la partida de Bobby, hoy al regresar a casa los niños fueron tocados por la ausencia de nuestro amado perro. Verlos llorar y expresar su dolor fue una catarsis necesaria para todos.

Y es que estos días han sido duros, duros para mi. Yo amaba a ese perro. Era mi compañero, mi amigo, mi hijo. En estos primeros días de su ausencia cada rincón de la casa me lleva a recordar algo de él y desata en mi lágrimas. He llorado en estos días y he llorado mucho, lo cual es raro para mi. Pero entiendo que aceptar esta perdida y llorar por momentos ha sido un tremendo alivio porque me hace ver cuanto amaba a ese perrito.

La primera noche quedé exhausto por la pena. Al día siguiente quería llamarlo y me sentía raro de no poder hacerlo. Luchaba con la lógica de que ya se fue y no volverá. Luchaba por guardar la compostura y tratar de que no me importe tanto el asunto, pero no pude. Me dije a mi mismo “Si quieres llamarlo, llámalo otra vez, llámalo cuando quieras, cuantas veces quieras” y así lo hice. Fue un momento de quiebre pero también el inicio de la aceptación y del alivio del desfogue.
Así es como uno va aceptando la pérdida de alguien, lágrima tras lágrima.

Al final, llorar en familia ha sido una experiencia sanadora y una oportunidad para hablar de nuestra fe en la vida futura y de descubrir el plan de restauración de Dios para con Su creación.
Así como no puedo imaginar al cielo sin plantas, tampoco puedo imaginarlo sin mascotas ni animales. He descubierto que Dios usa las mascotas para que podamos aprender acerca del amor, misericordia, compasión, paciencia y comprensión.
Billy Graham dijo una vez, “Creo que Dios tendrá todo preparado para nuestra perfecta felicidad. Si eso implica que mi perro esté allí en el cielo, entonces yo creo que así será”.

Al salir de la veterinaria aquel Lunes, con lágrimas en los ojos y desconsolado, en el fondo sentía que Bobby era libre por fin, joven otra vez, corriendo al lado de su creador.

Ese es mi consuelo, esa es mi esperanza.

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